El cielo y el infierno no son lugares, sino estados de la mente.

el Cielo y el infierno no son lugares, sino estados de la mente.

“¿Qué es el purgatorio? ¿Cómo se ve de acuerdo al Curso de Milagros?”.

En la tradición religiosa se hablaba del purgatorio como un lugar intermedio después de la muerte, pero Un Curso de Milagros nos dice algo muy distinto: 

el Cielo y el infierno no son lugares, sino estados de la mente

Y, si seguimos esta lógica, el purgatorio también lo es.

Podría decir que estoy en el purgatorio cuando vivo atrapada en la culpa, el resentimiento o el juicio, sintiendo que aún “me falta” algo para merecer el Amor. 

El infierno se reconoce fácil: está en la queja constante, en la incomodidad que no suelto, en resentir con dolor o con ira, en la duda que me carcome, en la comparación que me separa. 

Es el estado en el que no hay paz, aunque por fuera todo parezca bien.

Es ese estado en el que quiero perdonar, pero todavía no suelto del todo la condena; en el que empiezo a ver mi inocencia, pero sigo defendiendo la idea de que el otro es culpable.

Y aquí viene una frase poderosa del Curso: 

“Nadie se condena solo”.

Cada vez que condeno a alguien, estoy asintiendo a condenarme también a mí misma. 

Esa es la garantía de que, al juzgar a otro, me coloco de inmediato en el purgatorio… o en el infierno. Y sí, en mi opinión, esos dos son solo nombres para el mismo estado: ELEGIR vivir sin paz.

¿Y el cielo? El cielo lo conocemos. Lo hemos probado en esos momentos de paz completa, donde todo ha sido perdonado, donde ya no hay separación, juicio ni condena. Es la experiencia de unión absoluta, de descanso total, de saberme en el Amor.

La buena noticia es que ninguno de estos estados es definitivo. 

El cielo no es un premio futuro, ni el infierno una condena eterna. Son elecciones que hacemos en cada instante. El perdón verdadero es la llave que abre la puerta… y esa puerta siempre está aquí, esperando que la crucemos.